Messi, Maradona y el error que cometemos al asesorar a líderes

Si no eres muy aficionado al fútbol, quizás nunca hayas notado que durante años Lionel Messi tuvo un problema de reputación. No de talento, resultados individuales o reconocimiento, sino de percepción. Y, curiosamente, ese problema era especialmente grande en Argentina.

Mientras en Barcelona acumulaba títulos y rompía récords, con la Selección Argentina los grandes triunfos no llegaban. Desde que asumió la capitanía, cada derrota reforzaba la misma pregunta: ¿tenía realmente lo necesario para liderar a Argentina?

La comparación hacía todo más difícil. Antes de Messi estaba Maradona: expansivo, desafiante y emocional. Había liderado a Argentina hacia su segundo Mundial y se había convertido en el modelo de capitán con el que, desde entonces, serían comparados todos los demás.

Messi hablaba poco, evitaba la confrontación y no parecía interesado en ocupar el centro de una conversación fuera de la cancha. Con el tiempo, esas características dejaron de ser simplemente rasgos de personalidad y empezaron a convertirse en explicaciones. Quizás Messi no ganaba porque no tenía carácter, porque no sabía liderar o porque no sentía la camiseta como debía sentirla un capitán argentino.

El peligro de fabricar al CEO perfecto

En general, las personas tenemos una imagen bastante definida de cómo es un líder. En el mundo corporativo ocurre exactamente lo mismo y las organizaciones también tienen sus propios Maradonas imaginarios.

Debe tener presencia en LinkedIn, hablar de innovación, mostrar vulnerabilidad —pero no demasiada—, ser cercano sin perder autoridad, tener opiniones, contar historias personales, inspirar a sus equipos y sentirse cómodo frente a una cámara.

Y cuando el ejecutivo real no coincide con esa descripción, la comunicación puede verse tentada a llenar los espacios.

El CEO que jamás utiliza determinadas palabras, de pronto empieza a publicar reflexiones perfectamente construidas cada semana. El ejecutivo reservado aparece súbitamente contando detalles personales porque “hay que humanizar la marca”. 

El problema no es preparar, asesorar o ayudar a un ejecutivo a comunicarse mejor. El problema aparece cuando construimos una versión pública que necesita condiciones controladas para resultar creíble. 

La imagen que un líder ha construido tiene que sobrevivir a una entrevista sin un guión, a una reunión con empleados, a una conversación incómoda con un periodista, a una crisis en la que no hay tiempo para aprobar cada palabra y, especialmente, a un momento en el que los resultados no acompañan.

Y aquí nuestra primera lección: 

La reputación que vale es la que sobrevive cuando se acaba el guión.

Messi no se convirtió en Maradona, pero sí se transformó. 

Messi atravesó años muy difíciles con la Selección Argentina. Algunas críticas eran injustas; otras reflejaban que, como cualquier líder, todavía tenía aspectos por desarrollar.

Con el tiempo aprendió a ejercer ese liderazgo sin dejar de ser él mismo. Nunca intentó convertirse en el capitán que la gente esperaba, sino en una mejor versión de sí mismo. A esa evolución se sumaron los títulos que durante años le habían sido esquivos y el reconocimiento de entrenadores, compañeros y, finalmente, de todo un país.

Así nació un líder que ya no necesitaba parecerse a Maradona para convertirse en uno de los grandes referentes de la historia del fútbol argentino.

Y aquí está nuestra segunda lección de reputación: 

Un líder necesita ser, parecer y demostrar. 

La comunicación puede ayudar a hacer visible quién eres, pero la reputación termina construyéndose con lo que haces cada día, con lo que otros dicen de ti y con los resultados que hablan en tu nombre.